Entrevista en el blog Donde viven los monstruos
24 de June de 2017 | Lecturas
Print Email
There are no translations available.

Román Belmonte: Tengo muy claro que, para un servidor, esta entrevista es un reto, no sólo por el respeto que desprende un cara a cara con un editor español premiado cuatro veces con un Bologna Ragazzi (entre otros muchos galardones), sino por mi admiración hacia un sello que se ha hecho a sí mismo. Pero dígame, Vicente, después de todos estos años, ¿qué queda de esos pequeños fanzines que usted llamaba “medias vacas” y que le dieron nombre a este proyecto?

Vicente Ferrer: Entre 1991 y 1998, aproximadamente, editamos estos cuadernitos llamados también ½ Vaca. No nos referíamos a ellos como fanzines, aunque, es cierto, esa denominación era bastante popular en aquel momento. El nombre Media Vaca aparecía escrito como fracción, y el dibujo mostraba la parte trasera de la vaca y no la delantera. ¿Qué queda de ese proyecto? Queda el espíritu que animaba a esa publicación, es decir, el deseo de encontrar a nuestros interlocutores ideales. Y quedan también los propios cuadernitos, fanzines o como queramos llamarlos: conservados en cajas de cartón, ocupan un armario entero y se extienden por muchos rincones de la casa.

R. B.: Usted pasó de ser ilustrador a convertirse en autor-editor. De ahí pegó el salto a la edición independiente, y ahora, se podría decir que está al frente de una editorial consagrada. Peldaño a peldaño, ¿es ese el camino?

V. F.: Exacto: peldaño a peldaño y pegando saltos. A veces como topillos y a veces como cabras montesinas. Pienso, en cualquier caso, que en todo este tiempo no he dejado de desempeñar el oficio de ilustrador, aunque ahora ilustro por mano y cabeza de otros. Tampoco hemos dejado de ser independientes, ya que contamos exclusivamente con nuestros propios recursos y solamente publicamos aquello que nos apetece. Tengo más dificultades en aceptar lo de «editorial consagrada». Seguimos siendo una empresa muy pequeña. No como una mercería de barrio, pero casi, aunque nuestros clientes no están en nuestro barrio. No tenemos ningún deseo de crecer y consagrarnos, sólo aspiramos a hacer el trabajo que nos hemos propuesto de la mejor manera que sabemos. De momento, seguimos en el camino, que es lo importante.

R. B.: Dos tintas, papel con buen gramaje, extensos, cuidados detalles... Sus libros parecen un producto destinado a los niños del ayer. ¿Puede acallar a todos aquellos que creen que un formato así les puede pasar factura a ojos de chavales contemporáneos?

V. F.: ¿Por qué «los niños del ayer»? ¿Qué ayer es ese? ¿Ayer por la mañana, cuando vivíamos en cuevas? ¿Ayer al mediodía, cuando no había dispositivos móviles? ¿Cuántos niños en el mundo manejan hoy, exclusivamente, estos dispositivos? Los niños de hoy, en lo esencial, no son muy distintos de los niños de ayer. Podemos darles piedras, aros o un Sphero SPRK+, y los niños se adaptarán a sus juguetes con la aplicación y el entusiasmo que caracteriza a todos los niños de todos los lugares del mundo.

 

R. B.: Doctrina, demagogia, emociones, progresismo, moralina... ¡Hay tanto con lo que relacionar a los libros para niños! Bien mirado, no es descabellado ya que cualquier producto cultural cobra vida con alguna finalidad. ¿Con qué intención publican libros los editores de Media Vaca?

V. F.: No relaciono los libros para niños con ninguna de esas cosas. Ese es el mundo de los adultos, con todos sus prejuicios. Los libros, por el contrario, deberían servirnos para superar los prejuicios, para hacernos lectores críticos, para hacernos a todos —niños y mayores— mejores ciudadanos, y para pasarlo estupendamente, claro está. Para mí, los libros siempre han estado en la parte de la diversión, no entre las obligaciones.

R. B.: Desde Media Vaca se afirma que, en parte, sus libros han nacido de la naturaleza caprichosa de sus editores. Me encantan las anécdotas, así que, si no le importa, explíqueme la historia de alguno de esos caprichos editoriales...

V. F.: Eso es así en todos los casos. Cada proyecto es una aventura, y alguno en particular ha sido una odisea. Algún día, si encuentro el tiempo, me gustaría escribir las historias secretas que están detrás de cada libro. A lo que me refiero cuando hablo de que los libros nacen «de la naturaleza caprichosa de sus editores» es, simplemente, a que la mayor parte de lo que publicamos son cosas que nosotros pensamos y proponemos, y no proyectos que nos llegan de fuera. Tampoco debe interpretarse «capricho» como un soplo de inspiración que le toca a uno un día en que se levanta de especial humor. No. Aunque está claro que el azar interviene.

R. B.: “Inventarse un libro”... Suena a visión un tanto utilitarista del arte. ¿Me puede explicar un poco mejor este concepto que ha utilizado alguna vez?

V. F.: ¿Utilitarista? No sé si entiendo la pregunta. Todos los libros son invenciones, o deberían serlo. Salvo los que son plagios.

R. B.: Pues aparquemos el utilitarismo y la autoría de una obra literaria. ¿Qué es “inventarse un libro” dentro de la labor editorial?

V. F.: He leído en una estadística que el año 2016 se editaron en España más de 80.000 títulos nuevos, de los cuales un 28 por ciento son libros infantiles o para la escuela. La cifra es escandalosa. Uno se imagina que entre tantos libros será posible encontrar cualquier cosa, pues no es así: el mercado tiende a producir objetos muy parecidos, siempre con la vista puesta en las ventas. En este contexto, «inventarse un libro» sería apostar por los contenidos y no dejarse influir ni por las modas ni por las estrategias comerciales. Ese libro «inventado» debería aportar al menos ciertas dosis de novedad a un panorama, como vemos, muy saturado, y no repetir lo que ya dicen otros muy alto. Y debería hacerse con el mayor esfuerzo y cuidado, y dedicándole todo el tiempo que sea necesario.

R. B.: Leer cómo nació Érase 21 veces Caperucita roja, uno de sus libros con más tirón, además de arrancarme alguna que otra sonrisa, me llevó a pensar en las cuitas de la producción propia... De todo hay cuando se habla de este tema. Acto de valentía, de responsabilidad, de patriotismo, de generosidad, de agudeza empresarial, de rentabilidad económica... Me gustaría saber qué piensa usted al respecto...

V. F.: ¿Patriotismo? Esa palabra me hace pensar en trompetas. El caso del libro que comentas es muy particular. Reúne todos los trabajos de un taller de verano realizado en Tokio con veintiún ilustradores (más bien ilustradoras) que durante cinco días de verano realizaron la tarea que les había encomendado: una versión personal del cuento de Caperucita. Dado que el tiempo era reducido, todos trabajamos muy duro, pero también lo pasamos muy bien. Al cabo de esos cinco días, los participantes me entregaron cada uno su libro. Talleristas y editores nos mantuvimos en contacto, y un año después pudimos comprobar que muchos de los ilustradores se habían dedicado a rehacer su trabajo con el afán de mejorarlo. La decisión de publicar todos los proyectos se debe a la alta calidad de los mismos, pero es también una forma de mostrar respeto y agradecimiento por el compromiso de los alumnos.

R. B.: En alguna ocasión ha afirmado que si se fijan en una idea que otro editor ha resuelto de modo satisfactorio, deciden que no hace falta repetir lo mismo; pero ¿no cree que la revisión de los conceptos, en cierto modo, es una responsabilidad del mundo de la edición?

V. F.: Lo que quería decir es que si, en la fase de documentación previa a la edición de un libro, descubrimos que ya existe otro libro muy parecido al que nosotros queremos hacer, tiene todo el sentido que nos planteemos abandonar el proyecto. ¿Para qué hacer lo mismo otra vez? No estoy hablando de que no se puedan actualizar los contenidos incluyendo un comentario o mejorando el trabajo de traducción o de ilustración de una obra. Eso siempre es posible, pero, evidentemente, habrá que valorar si merece la pena realizar ese esfuerzo. Pero hablo de otra cosa: hay determinadas novelas de algunos autores que podemos encontrar en siete ediciones distintas mientras el resto de su obra —que puede ser muy abundante— permanece impublicada, desconocida y no accesible a los lectores. A todos nos vendrán a la cabeza numerosos ejemplos.

R. B.: Cíteme algunos de esos trabajos que, a su juicio, otros editores han resuelto adecuadamente.

V. F.: Ese comentario ha de tomarse como una declaración de intenciones. No sé si existen esos ejemplos. Algunos libros que hemos querido hacer, los han hecho otros, efectivamente; a veces por haber despertado nosotros el interés de otras editoriales. Es el caso del Libro de juegos para los niños de los otros, de Ana María Matute, publicado por vez primera por Lumen, en 1961, dentro de su colección Palabra e Imagen, y vuelto a editar, en 2003, por Espasa. Nosotros queríamos haber hecho una edición respetuosa del libro original, con las fotografías de Jaime Buesa, y Espasa las sustituyó por fotos actuales y convirtió el libro en algo bastante distinto.

R. B.: Arnal Ballester, Ajubel, Miguel Calatayud, Isidro Ferrer... En su catálogo destacan ilustradores de larga trayectoria y muy experimentados. Aparte de ese bagaje y algunos puntos comunes con usted, ¿qué tienen que les parece tan atractivo?

V. F.: Explicarlo me llevaría mucho tiempo. Tampoco sé si hace falta dar explicaciones. Está claro que son grandes ilustradores con un largo recorrido. Todos han trabajado para libro infantil, publicidad, historieta, prensa y carteles; es decir, conocen los requerimientos de los medios y sus distintos públicos. Todos ellos poseen un lenguaje personal y un universo de imágenes propio —lo que llamamos una cultura visual—, adquiridos con el trabajo constante, el estudio, la investigación y la experimentación.

R. B.: No se lo creerá, pero por culpa de dos de sus hijos literarios, Robinson Crusoe y El arroyo, tengo sentimientos encontrados respecto a la novela ilustrada... Por un lado, mis imágenes se enfrentan a las de Ajubel en torno a la obra de Defoe. Por otro, no puedo imaginarme las palabras de Reclus sin el sereno curso de agua ideado por Guazzelli. ¿Suma o resta la ilustración? ¿Es necesaria?

V. F.: A veces, suma; y a veces, resta, multiplica o divide. ¿Qué podemos decir? De la lectura de un texto o de una imagen, no todo el mundo recibe lo mismo. Hay cuestiones que influyen, como la costumbre y el gusto estético de cada uno. En mi opinión, no todos los libros deben ser ilustrados, pero no es el caso de los dos que mencionas. De El arroyo no conozco otras ediciones ilustradas, pero de Robinson hay una infinidad, y las hay para todos los gustos. El Robinson de Ajubel no es el de Defoe, pero no hay por qué preferir uno frente al otro. Ajubel, cubano, habitante de una isla, cuenta muchas cosas en su personal acercamiento al clásico que en otras versiones literarias quizá pasen inadvertidas. El paso del tiempo, y la dureza de la vida salvaje, está perfectamente retratado en la distinta fisonomía que adquiere el personaje, que va transformándose a lo largo de los dibujos hasta el punto de no parecerse a sí mismo. La mayor parte de los dibujantes suelen preocuparse, por el contrario, por mantener el parecido: repetir bien una cara es parte de la pericia del dibujante. La mirada que lanza el personaje Robinson, con un Viernes postrado a sus pies —por citar otro ejemplo—, interroga directamente al lector-espectador sobre la espinosa cuestión de la esclavitud, muchas veces soslayada.

R. B.: Refiriéndome al Robinson de Ajubel se me vienen a la cabeza otros dos títulos de Media Vaca, No tinc paraules de Arnal Ballester y El mundo al revés de Miguel Calatayud, otros dos libros sin texto con gran capacidad crítica pero que al mismo tiempo dan mucho juego. ¿Les faltan esas dos premisas a los libros para niños actuales?

V. F.: Recuerdo una frase de Les Luthiers, que decía: «Un libro, si no está escrito, es como que le falta algo». Les Luthiers son humoristas y esa frase es una broma, por supuesto, pero a una gran mayoría de lectores les ha de parecer completamente en serio, porque para mucha gente los libros son, sobre todo, instrumentos para la alfabetización y no para la imaginación. Lo que se pide a los libros es que enseñen a leer a los más pequeños, pero muchas veces no se va mucho más lejos que eso. Aunque lo sabemos, porque hemos estudiado a los egipcios, o porque lo hemos visto en un documental sobre las catedrales góticas por televisión, generalmente pasamos por alto que las imágenes también son una escritura, y también hay que leerlas. Es imposible no pensar en los libros de imágenes tan interesantes que se podrían hacer, en todo lo que nos estamos perdiendo.

R. B.: De entre todos los libros de Media Vaca y seguramente por deformación profesional, mis favoritos son los de la colección El mapa de mi cuerpo de Genichiro Yagyu (a los que, por cierto, debo una reseña). Al hilo de estos y acercándome a su otro yo ilustrador me gustaría preguntarle, ¿cree usted que el matrimonio entre grafismo y libro informativo es mejor avenido que entre grafismo y narrativa?

V. F.: Esa colección, El mapa de mi cuerpo, contiene, por cierto, los únicos libros que hemos traducido. Si atendiéramos sólo a consideraciones comerciales, podríamos haber hecho como la mayor parte de las editoriales y dedicarnos a comprar álbumes ilustrados, y ahorrarnos medio centenar de libros publicados. Eso no es así porque, como decíamos antes, nos hemos esforzado por cumplir nuestro capricho. Contestando a tu pregunta: la ilustración es narración; que el libro sea informativo o de aventuras, tanto da.

R. B.: Las antologías Libro de nanas y Narices, buhitos y volcanes, el Libro de las preguntas de Pablo Neruda con ilustraciones de Isidro Ferrer, la Garra de la guerra de Gloria Fuertes y Sean Mackaoui (il.)... Su editorial apuesta por la poesía. ¿Por qué cree que, en general, se publica poca poesía para niños?

V. F.: Creo que se publica mucha poesía para niños, aunque es muy probable que en las escuelas y en los medios de comunicación esos libros no reciban la misma atención que los de narrativa. La mitad de los proyectos que recibimos en la editorial para valorar su publicación, son libros de poesía. Una razón por la que no son tan visibles los libros de poesía, quizá, es por la especial relación que tienen, en España, los libros infantiles con el mundo escolar. La mayor parte de los libros que se leen en edad escolar cuentan historias relacionadas con las materias que forman parte del currículo escolar. Si lo que queremos es un libro para hablar sobre la igualdad de género o sobre el cambio climático, por ejemplo, será más sencillo contarlo en prosa que en verso. Aunque seguramente me equivoco y hay ya varios libros de poesía sobre esos temas. Otra razón que se me ocurre, muy evidente, tiene que ver con la traducción. Muchos de los libros infantiles que se publican son versiones de libros que se editaron originalmente en otras lenguas, y traducir poesía, por decirlo pronto, es más caro y más complicado que traducir historias: cada palabra cuenta. A pesar de lo dicho, autores de éxito como Shel Silverstein han sido publicados en muchas partes y supongo que sus poemas traducidos se venden, sólo por ser nombres famosos, tanto o más que las creaciones originales de poetas publicados en su propia lengua.

R. B.: Al hilo del género poético y recordando su edición de Fuego de Jan Brzechwa, se me ha venido a la cabeza el tema (un poco espinoso para algunos) de la traducción literaria. ¿Qué se plantea usted como editor cuando decide traducir un texto?

V. F.: Como ocurre con el teatro, la regla general es que si una obra es una comedia, pasada a otra lengua no puede ser un drama. A partir de ahí, se trata de que la lectura resulte fluida y que la escritura no se aleje demasiado de lo que dijo el autor. Si bien toda traducción es una traición, hay que preferir que el traidor no sea de los que te clavan un cuchillo por la espalda.

R. B.: Cuando he visitado alguna feria del sector y pongo la oreja, escucho cosas como “Es un libro impecable, pero no sé si funcionaría en el país E” o “No sé si los lectores de B llegarían a entender estas ilustraciones”... ¿Qué tienen las literaturas gráficas que en ocasiones son más difícilmente extrapolables a otras realidades geográficas, a otros contextos lectores que las meramente textuales?

V. F.: No creo que eso sea cierto. No creo que la lectura de imágenes plantee dificultades mayores que la lectura de textos a ningún público, sea de A, de B, de C o de más lejos. Claramente, es al revés. Es una cuestión de educación. También de mercado. Los que deciden qué se vende y qué no se vende, qué es adecuado y qué no lo es, son comerciantes, no son lectores. Nuestros libros, en español, se venden sin problemas en otros países. Se venden por las imágenes. También es verdad que si estuvieran traducidos tendrían muchos más lectores.

R. B.: ¿Qué le dice a Vicente Ferrer un premio internacional como el Bologna Ragazzi y otro nacional como el de libro mejor editado?

V. F.: ¿Qué me dicen estos premios? No pienso mucho en ello, la verdad. Los premios son importantes, porque ayudan a dar a conocer nuestro proyecto. El Premio de la Feria de Bolonia lo ha hecho a nivel internacional y estamos muy contentos de que sea así. La importancia de ese premio se la da la composición del jurado, formado por profesionales independientes, y su gran participación, ya que concurren las principales editoriales comerciales de todo el mundo. Si este premio, que nos han concedido varias veces, lo hubiera ganado una editorial con más medios, seguramente sabría explotar mejor esa publicidad, pero nosotros no hemos aumentado significativamente las ventas por ese motivo. Eso sí, vendemos derechos a Corea, cuyas empresas editoriales probablemente nunca se habrían acercado a nuestros libros.

R. B.: Sin embargo, esa visibilidad que tiene Media Vaca en el extranjero no se extrapola a las librerías de nuestro país. A veces me cuesta ver sus libros en los escaparates. ¿Qué ocurre con la distribución de sus libros?

V. F.: Cuando empezamos, hace casi veinte años, tuvimos distribución comercial regular. Hemos trabajado con más de diez distribuidoras, casi todas pequeñas, repartidas por toda la geografía. Había quien entendía nuestro proyecto, apreciaba los libros y los vendía mejor. Otros, vendían 200 ejemplares de un título y al cabo de unos pocos meses nos devolvían 180. El libro que parecía un gran éxito solamente había llegado a 20 personas. La actividad de vender libros era un continuo movimiento de cajas a través de transportistas, que eran los que realmente hacían negocio. En un momento determinado, dos distribuidores nos estafaron y los denunciamos. Ganamos uno de los juicios y perdimos el otro, porque el comercio de libros es extraño y hay determinadas prácticas perversas que no hay quien las entienda. Decidimos entonces que no era posible competir en un mercado desigual que se basa en la venta en depósito y en un sistema de continuas novedades que favorece a los editores grandes que implantaron el modelo; tomamos la decisión de convertirnos en nuestros propios distribuidores y trabajar principalmente con los libreros que nos apoyan y que quieren tener nuestros libros. Así es desde hace varios años. Les ofrecemos mayores descuentos, facilitamos al máximo las condiciones de pago y organizamos actividades en sus espacios. Aunque apartarse de las prácticas habituales dificulte nuestra visibilidad, es mucho más gratificante trabajar con personas a las que consideramos aliados.

R. B.: Este país de provincianos y pobres, donde el recelo y la envidia alimentan ese vicio insano de faltar al reconocimiento de lo nuestro, también ha procurado abrigo a las genialidades de muchos artistas. A pesar de haber leído sus críticas hacia nuestro contexto cultural y compartirlas, démosle una oportunidad: ¿Qué tiene de bueno España en lo que se refiere al mundo de la Literatura Infantil?

V. F.: Creo que lo mejor de este país son los provincianos y los pobres. Los capitalinos y los ricos dejan mucho que desear. El mundo de la literatura infantil —si es un mundo y no un callejoncillo—también deja mucho que desear. En España miramos mucho lo que se hace fuera, estamos muy pendientes de los modelos de éxito, de los grandes nombres, de los premios, y desconocemos casi todo sobre nuestra propia tradición, que es muy rica y merece más atención. Hablo de los libros y autores de la época de la República, como Salvador Bartolozzi, pero también de libros y autores mucho más recientes. ¿Por qué no se han recuperado las series que realizaron José Luis García Sánchez y Miguel Ángel Pacheco en los setenta? ¿Por qué no existe una edición contemporánea del Bestiario que Andrés Rábago  —firmando como Ops— publicó en Alfaguara en 1989? ¿Y la serie de Fricandó, de Montse Ginesta y Arnal Ballester? Esos libros, y otros más, deberían permanecer siempre al alcance de nuevos lectores.

R. B.: ¿A qué le gusta jugar, qué le gusta comer y qué lecturas comparte con su otro yo en Media Vaca y en la vida, Begoña Lobo?

V. F.: Jugar, juego al juego de la vida, como dice en su canción Cecilia, pero no sé si eso me acaba de convencer como juego. Comer, como de todo, gracias a mi abuela, y no me dejo ni una miguita. Las lecturas que comparto con Begoña son casi todas, pero ella lee aún más que yo, y más deprisa, y se entera de todo el doble. El último libro que hemos leído los dos, hace unos días, no es un libro infantil. Es El comensal, de Gabriela Ybarra.

[Entrevista de Román Belmonte a Vicente Ferrer, publicada en el blog Donde viven los monstruos el 24 de marzo de 2017. En la fotografía: Vicente Ferrer a punto de sacarse el ojo de cristal].